Una casa aislada en medio de una montaña.
Solitaria, imponente. De difícil acceso. Cuando se levanta el telón nos
encontramos ante una inmensa habitación, una especie de salón-estudio
atiborrado de objetos y sobre todo de imágenes por las paredes. Grandes fotografías
de sucesos: rostros de refugiados, escenas de martirio, casas derruidas por
accidentes naturales, ejecuciones. Un muestrario de horrores, colocado sin
demasiado cuidado, en el que incluso se superponen las imágenes. En un rincón,
mesa de estudio y libros en las estanterías y en el suelo. Al fondo, un enorme
ventanal que da al campo. A la derecha del espectador, una mesa de comedor. En
el centro, un sillón destartalado y una mesita. Puede ser una de esas cabañas
de madera con fuego de hogar o una moderna mansión de cemento y cristal.
Estatuas, objetos, reproducciones de obras de arte: Miguel Angel, Picasso,
figuras prehistóricas y sobre la mesa de trabajo, como presidiendo, una lámina
imponente del Saturno
de Goya devorando a sus hijos. De espaldas al espectador o de perfil Nemo concentrado en su lectura. No hay
demasiada luz. Afuera la tormenta. Se oyen truenos y la ventana se enciende con
la luz repetida de los relámpagos. En el tocadiscos se escucha un disco de
Mozart, la Pequeña serenata nocturna. La suavidad de la música contrasta con
la violencia de la tormenta, que no parece distraer al hombre que trabaja.
Tendrá unos sesenta años. Es alto, enjuto y está volcado sobre sus papeles.
Pasa un tiempo y de repente hay un estruendo, algo parecido a un brusco choque
y una luz que puede percibirse por la ventana. Nemo levanta la cabeza y mira hacia allí. Encoge los hombros
y vuelve a concentrarse en su trabajo. Por una de las puertas de la derecha,
que comunica con las habitaciones, entra aterrado Edgard. Es un hombre rechoncho de unos cincuenta y tantos
años. Se dirige hacia Nemo; entra
casi corriendo, pero al verlo concentrado en su trabajo se detiene de golpe. Nemo vuelve la cabeza.
NEMO ¿Qué pasa, Edgard?
EDGARD (Señala hacia el exterior.
Tímidamente se atreve a decir:) Una explosión, un... Tal vez un avión, algo
muy grande... debería ir a ver... puede que haya víctimas.
NEMO Si ha sido un avión y alguien sigue con vida no tardaran en
molestarnos. Pero acude, si te parece bien.
EDGARD Llevaré el botiquín. Y alguna manta. Es
una noche horrible.
(Nemo
se concentra en su trabajo y Edgard
sale para preparar las cosas. Pasan unos minutos. Poco después se oye el
timbre, tocado con insistencia. Se escuchan voces alarmadas. Hasta Nemo llega la voz de Enrique).
ENRIQUE ... muy cerca. A menos de un kilómetro.
No creo que quede nadie más con vida. Pero esta señorita necesita ayuda. Y este
caballero tiene el brazo roto.
(Nemo
sigue centrado en su trabajo. Se oyen ruidos, exclamaciones, pasa un rato y
entra Edgard).
EDGARD Un accidente. Hay dos hombres y una mujer
que se han salvado. Era una de esas pequeñas avionetas. Dicen que dudan de que
alguien más siga con vida. Están magullados y necesitan ayuda. Quisieran
saludarte. Yo voy a preparar algo caliente. ¿Les... hago pasar?
NEMO (Se levanta con un gesto
que no es de fastidio, sino de resignación). Claro, diles que pasen.
Prepara algo de comer y trae coñac, güisqui. Querrán beber algo.
(Sale Edgard,
se oyen voces atropelladas y al momento entran Enrique, Julián
y Lucía. Vienen cubiertos de
barro, con las ropas desordenadas y rotas y todavía con el susto reflejado en
sus rostros. Enrique es un hombre
de unos cuarenta años, bien vestido, altanero y seguro de sí mismo. Desde que
entran en la habitación uno percibe que es él quien lleva la voz cantante: un
hombre de nervios templados frente a Julián
—cincuenta o cincuenta y cinco años— que viste ropas de sport y presenta un aspecto
desaliñado: pelo mal cortado, ligeramente largo, barba sin afeitar. Lucía, una mujer de unos veinte años,
—minifalda, pelo largo; ropa sin gusto— parece muy asustada. Gimotea. Nemo se ha levantado y acude a
saludarlos).
ENRIQUE ¿En qué puñetero lugar nos encontramos? (Mientras aprieta la mano de Nemo, sigue hablando). Podría
decirse que hemos tenido suerte. Tengo la sensación de que ésta, la suya, es la
única casa con vida en muchos kilómetros a la redonda.
(Nemo
se inclina ceremonioso y distante –como si representara una comedia— para besar
la mano de Lucía y hace un gesto
de saludo a Julián que sostiene
su brazo derecho con la mano izquierda. En su rostro un evidente gesto de
dolor. Sin decir nada Julián se
dirige al sillón y se sienta. Lucía
balbucea).
LUCÍA ¡Qué suerte! ¡Qué suerte! Tengo un frío
que me duelen todos los huesos. Tal vez me he roto algo por dentro. Hace una
noche detestable ahí fuera. Nunca debí subirme en ese cacharro; las avionetas
son como juguetes... Gracias, muchas gracias. No me vendría mal un baño
caliente, un baño lo más caliente posible, si no es abusar de su amabilidad...
no creo que ningún otro quede con vida... o puede que sí, puede que sí. Yo le
dije a este señor que debíamos echar una mirada más detenida. Tal vez deberían
acercarse otra vez... éramos catorce o quince... sólo catorce o quince y el
piloto y esas dos chicas... Pero ellas no... a ellas las vi... Una cayó a mi
lado y... (Se tapa la cara).
JULIÁN No. No queda nadie más. Lo nuestro es un
milagro.
LUCÍA Pero algunos salieron disparados. Puede que...
ENRIQUE (Tajante y dirigiéndose a Nemo). Si a usted no le importa,
ahora, o mejor en cuanto tomemos ese café, podemos salir con una linterna y
recorrer la zona. Tiene razón Lucía. Puede que haya alguien más.
(Nemo
durante todo el tiempo ha permanecido de pie sin decir una sola palabra. Se le
nota cansado, sin emociones. Sólo un ligero fastidio, matizado por la cortesía.
Ante la insistencia de Enrique,
dice).
NEMO Edgard podrá acompañarles. Pero primero
habrá que atender a ese brazo.
ENRIQUE No me ha dicho dónde nos encontramos.
Supongo que podremos llamar desde aquí, pidiendo auxilio. Tengo que estar en
Calandria antes de las cuatro de la tarde. Tengo que dar una comunicación. Mi
móvil estaba en el maletín. ¿Le importa que...?
(Edgard
ha entrado en silencio llevando bebidas. Nemo
se sirve un coñac y tarda en contestar. Julián
se levanta y se sirve también. Enrique
se sirve un güisqui y Lucía bebe,
el que él le ofrece, de un trago).
(Inquieto). ¿Dónde está el teléfono?
EDGARD No hay teléfono.
ENRIQUE ¿Cómo que no hay teléfono? Entonces, si ustedes me permiten y si
no les importa, lo primero es ir a buscar mi maletín y conseguir el móvil. Hay
que avisar para que vengan a rescatarnos.
NEMO (Con gran tranquilidad:)
No hay cobertura.
ENRIQUE Tengo dos teléfonos. Si uno no tiene, tendrá el otro.
NEMO No. No hay ningún tipo de cobertura.
ENRIQUE (Cada vez más nervioso y
enfadado. Como si les culpara a ellos de su aislamiento). ¿Dónde coño
estamos? ¿Cuál es la ciudad más cercana?
EDGARD (Mirando a Nemo como pidiendo permiso:) La
ciudad más cercana está en el valle. Pero hay distancia desde aquí hasta allí y
no hay un buen camino. Resulta impracticable. Sobre todo en este tiempo en que
todos los senderos están cubiertos por la nieve.
JULIÁN (Divertido:) ¿Hemos
llegado al fin del mundo? (Mirando a su
alrededor, como si por primera vez se fijara en los objetos y en las imágenes
extrañas que llenan la habitación). Ya sé. En realidad estamos muertos y
ésta es la antesala del infierno. (Se
levanta y hace una reverencia jocosa a Nemo).
Satanás, supongo.