NINA
A ti te gustaba el jazz.
BLAS
Sí. Me sorprende que te acuerdes.
NINA
¿Cómo se llamaba el trompetista ese que además cantaba?
BLAS
Chet Baker.
NINA
A ti te gustaba Chet Baker. A María no le gustaba
mucho.
BLAS
No. En casa no lo pongo. Me lo traigo aquí. Vengo
muchas veces por la noche, a trabajar aquí. En casa, con el chaval, no puedo
quedarme con las luces encendidas, y aquí se trabaja muy tranquilo. Para las
cosas de cuentas lo peor del mundo es que te interrumpan. Así que me vengo al pabellón,
me pongo un cedé de Chet Baker y me lío a darle a la calculadora.
NINA
¿Y María no protesta?
(Blas
no sabe si Nina conoce a la María de ahora. La María que prefiere quedarse
merodeando a Gabi como una perra y que no puede soportar la existencia de Blas.)
BLAS
No.
NINA
A mí me gustaba el trompetista. Cuando cantaba,
parecía que había pasado semanas sin dormir.
BLAS
Seguramente las había pasado. Aparte de que antes
de cumplir los cuarenta le dieron una paliza y le partieron todos los dientes.
Llevaba dentadura postiza. Espera.
(Blas
se acerca al pequeño aparato de música y lo enciende. Suena Chet Baker. La
trompeta de Baker parece devolver una íntima alegría a Blas.
Está claro que es su refugio. Oyen la música, tal vez Let’s
Get Lost, o The Best Thing For You. Los pies
de Nina siguen allí, como la
llamada del mar.)
NINA
No te falta de nada. Te lo tienes montado muy
bien. De categoría.
(Blas
acusa la frase. Como si a un perro le recordasen en medio del juego que sólo es
el perro. Silencio entre ellos. Suena la trompeta de Chet Baker y los pies
desnudos de Nina reposan sobre el brazo del sofá, al alcance de las manos de Blas.
Blas decide no ser el perro
por un minuto y coge las sandalias que Nina había abandonado durante el baile.
Antes de ponérselas, le limpia la planta de los pies con la palma de la mano.)
Dime que
sigo siendo la reina de la playa.
BLAS
Sigues siendo la reina de la playa.