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Aurora

Autor: Domingo Miras
ISBN: 84-95683-03-2
Precio: 2,00 €
Peso del archivo: (Aurora.pdf) 399 Kb.

(2 mujeres y 1 hombre).
El autor utiliza un hecho real ocurrido en España en la tercera década del siglo XX para exponer, como tema central de la obra, «el fanatismo, ese imperialismo espiritual de los que se consideran únicos depositarios de la verdad absoluta, y la utilizan como justificación de la intolerancia e instrumento de opresión».
Fragmento

Oscuridad total

(Oscuridad total. Pausa. Por un lateral, se oye una voz femenina).

 

VOZ DE AURORA  Esto está muy oscuro, no se ve nada.

VOZ DE DON QUINITO  Como boca de lobo, Aurorita. Esto está

como boca de lobo.

VOZ DE AURORA  Pues encienda la luz, hombre de Dios, ¿a qué espera?

VOZ DE DON QUINITO  ¡Ay, la luz! No disponemos de luz eléctrica, querida señorita. No han llegado aquí esas novedades...

VOZ DE AURORA  Pues una vela, un candil, algo habrá. ¿No tiene un fósforo?

VOZ DE DON QUINITO  ¿Lo considera, de verdad, indispensable?

VOZ DE AURORA  ¡Pero si no se puede dar un paso!

VOZ DE DON QUINITO  ¿Y qué? Somos un hombre y una mujer, ¿no?

VOZ DE AURORA  Ya me lo parecía, pero, de todos modos, gracias por la noticia.

VOZ DE DON QUINITO  ¿Para qué necesitamos luz?

VOZ DE AURORA  Yo siempre necesito luz.

VOZ DE DON QUINITO  ¿Siempre, Aurorita?

VOZ DE AURORA  Sí, señor, siempre. Así que, si no la enciende usted inmediatamente, me marcho y adiós.

VOZ DE DON QUINITO  Un momento, un momento, que prendo una modesta cerilla... Un momento... (La enciende). ¡Luz! ¡Fiat lux!

 

(A la débil llama, se entrevé a ambos personajes, aún sin detalles).

 

AURORA  Mire si hay alguna vela...

DON QUINITO  ¿Alguna, dice? ¡Aquí lo que sobra son velas! (Se adelanta y enciende las de dos candelabros que hay sobre una cómoda. Al tiempo que las enciende, prosigue su comentario). ¡Más luz, más!, o mejor dicho «¡luz, más luz!», como dijo el eminente Goethe en el momento supremo. Se ve que también él necesitó siempre luz, le pasaba lo que a usted, ¡dos almas gemelas! Yo, en cambio, pertenezco a las tinieblas del abismo, soy un espíritu de la negación, un Mefistófeles. O sea, un subversivo.

 

(A medida que ha encendido las velas, se ha iluminado progresivamente el espacio escénico: lugar cerrado, poblado por barrocas imágenes polícromas de santos y diversos objetos del culto católico. También los personajes se han hecho visibles: Aurora es una mujer joven, de aspecto ambiguo, a la vez delicado y duro; Don Quinito, por su parte, viste uniforme de oficial de Marina con gran empaque, y con frecuencia engola la voz y pone la mano sobre el pecho para enfatizar sus parlamentos).

 

AURORA  (Mirando a su alrededor). Nada, lo que le decía: ¡me ha traído usted a la caverna más negra del oscurantismo!

DON QUINITO  ¡El sitio ideal! A estas horas, aquí no vienen más que los ratones.

AURORA  (Que sigue mirando). Esto es medieval...

DON QUINITO  Pero, ¿tanto tiempo hace que no pasa a una iglesia?

AURORA  Desde niña.

DON QUINITO  ¡Ay, pecadora, pecadorcilla!... (Hace ademán de tomarla por la cintura, y ella se aparta de un salto, al tiempo que le rechaza de un empujón).

AURORA  ¡Quieto ahí!

DON QUINITO  (A punto de caer). ¡Ay, maldita sea! (Se rehace). Pero, ¿qué le pasa a usted, señora mía?

AURORA  (Agresiva). ¡Me pasa, que a mí nadie me pone la mano encima!

DON QUINITO  ¡Pero entonces, a qué diablos hemos venido, si se puede saber!

AURORA  Hábleme con otro tono, por favor.


DON QUINITO  Bien, bien, perdone... Pero es que estoy confundido, usted me desconcierta, Aurorita... Si después de tantas tardes de amistad en la casa de su difunto padre, usted me pide que la lleve a un lugar en que nadie nos vea, pues comprenderá que yo... en fin... ¡Vaya, que podía hacerme ilusiones, no diga que no!

AURORA  Por supuesto, que no digo que no. Pero, amigo mío, unas ilusiones mucho más elevadas que las que se ha hecho. ¿Soy yo mujer para una triste aventurilla en un pajar?

DON QUINITO  ¿Cómo, un pajar? ¡Esto es una sacristía!

AURORA  Para mí, tanto da. Si yo le pedí verle en secreto, fue para algo mucho más grande, algo digno de usted y de mí, es decir, suponiendo que usted esté a la altura necesaria, que me lo hace dudar...

DON QUINITO  ¡Ah, eso sí que no! ¡Usted no puede dudar de mí, de ninguna manera! Yo habré podido equivocarme, los dioses me hicieron mortal como al resto de los humanos, pero, ¡ah!... Este pecho, Aurorita, este pecho rebosa lealtad: ¡dudar de mí! ¡Cómo ha podido decirlo!

AURORA  Deme esa mano, don Quinito. Usted es el último de quien yo dudaría. ¡Estréchemela como a un hombre, nada de besos!

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