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Estamos en 1909

Autor: Álvaro del Amo
ISBN: 84-95683-07-5
Precio: 2,00 €
Peso del archivo: (Estamos.pdf) 239 Kb.

(2 mujeres y 2 hombres).
La guerra entre España y Marruecos se exacerba; el malestar que dará lugar a la Semana Trágica de Barcelona se incrementa; el clima de pesimismo y derrota de 1898 permanece. Un soldado raso salva la vida de su capitán y resulta herido. ¿Será posible regenerar los tejidos desgarrados? ¿Ha alcanzado la bala alojada en el cuerpo del soldado su objetivo? ¿Estamos en 1909?
Fragmento

Estamos en 1909

EDUARDO  Perdóname. El enfermero no tiene derecho a ponerse enfermo. Me salvas la vida y soy yo quien se permite el lujo de delirar. ¿Deliraba?

JOSÉ  Sueño lo mismo cada noche. Usted y yo, mi capitán, de patrulla entre las dunas. Un disparo. Me tiro al suelo y la bala le explota a usted en la boca. Con mis manos, cavo una tumba en un santiamém, lo entierro y rezo un responso. Lo intento, porque las carcajadas me salen de la garganta a borbotones. No me alegro de la muerte de mi superior, una buena persona. Las lágrimas de gozo saltan sobre su tumba, porque sé que pronto abrazaré a María, besaré a María, pasaré con María las doce noches que dura el permiso. Al despertar, la bala que debía haberle explotado a usted en la boca, la siento aquí, bajo la clavícula, latiendo como un pequeño corazón de plomo. Me ha prometido ir a Barcelona para visitar a María y decirle toda la verdad.

 

(Eduardo, incómodo por el relato de José, se aparta de su camastro y va a buscar una vasija o botijo, que le tiende al enfermo para que beba. José bebe con avidez. Aumenta la luz, es probable que haya amanecido. El enfermo apura el contenido del recipiente, hasta la última gota de agua; luego, Eduardo recoge el cacharro, lo deja y va a sentarse en su camastro. Los dos hombres se miran unos instantes en silencio).

 

EDUARDO  He aprendido mucho de ti.

JOSÉ  No quiero medallas.

EDUARDO  En la Academia de Infantería, no hice amigos. No tengo un buen recuerdo de Barcelona, mi primer destino. No secundaba las bravatas de mis compañeros. Jamás he asistido a un burdel. Cuando fueron a destruir el periódico subversivo, me negué a acompañarlos. Tampoco quise declarar contra ellos. En África, pensaba en mi padre. Cuando murió, Ana heredó la palabrita.

JOSÉ  Yo nunca la había oído.

EDUARDO  Regeneración.

JOSÉ  Conocía «resurrección». De la carne, de Cristo Jesús, de un tal Lázaro. El médico dice que el tejido se regenera. Se regenerará. Aunque no se atreva a sacarme la bala.

EDUARDO  La bala era para mí.

JOSÉ  No.

EDUARDO  Tú la interceptaste.

JOSÉ  Si salté a buscarla es que me correspondía. Usted, mi capitán, iba a arrebatarme algo que era mío y me precipité reclamando lo mío. Pero lamento mi traición.

EDUARDO  ¿Traición?

JOSÉ  Buscaba el proyectil que me llevaría a la tumba. No podía más. El brillo del fusil entre las dunas, la detonación, vi el cielo abierto. Al sentir el plomo rasgándome el pecho, yo ya era un cadáver. Un cuerpo muerto que mi capitán cargaría sobre sus hombros, sin saber que acababa de traicionar a María, dando la vida por un oficial.

EDUARDO  Por un amigo.

JOSÉ  Sí.

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