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Coronada y el toro
Rapsodia española

Autor: Francisco Nieva
ISBN: 84-95683-18-0
Precio: 2,00 €
Peso del archivo: (Coronada.pdf) 507 Kb.

(10 mujeres y 12 hombres). Algunos personajes pueden ser doblados).
Ilustrada con dibujos y figurines realizados por el autor y fotografías de la representación dirigida por él mismo en 1982.
Zebedeo, alcalde de Farolillo de San Blas, pregona el inicio de las fiestas populares. Su hermana, Coronada, se rebela y denuncia la situación en que vive todo el pueblo. Cuando se espera la llegada del toro para la celebración de la corrida, se presenta el Hombre Monja. El toro aparece más tarde, pero en el dormitorio de Coronada. Ante tal subversión, el alcalde castiga a los que cree culpables, pero la condena se convierte en liberación apoteósica.
Fragmento

Coronada y el toro

 (Comienza. Sale el alcalde Zebedeo y dice:)

 

ZEBEDEO  Han llegado los festejos de Farolillo de San Blas, pueblo sangrío y de buena cepa, del que soy alcalde perpetuo y por mi voluntad popular. (Trompetazo de ocultis que subraya esta afirmación. El alcalde se arrodilla). Señor gobernador de la provincia, con su puro y sus zapatos de mucho lustre; señor obispo reverendísimo, vestido con tantas cortinas; señor capitán de la guardia civil de plomo yo me arrodillo ante sus divinas autoridades y con la antigua cortesía china de los hidalgos españoles, solicito vuestro permiso para dar la voz en grito del regocijo en el ínterin. Que así comience la marimorena anual en honor de nuestro San Blas, santo de madera de olivo, el más viejo y el más santo de toda la sierra de Mangatoros. (Saca de una mano a Coronada). Esta supermoza que me sigue es Coronada, mi hermana mayor que aún no se casó —y difícil lo veo— por ser tan giganta y por el mal tino que tiene en ser un poco sabia y mandonera. Pero yo la tengo amaestrada y la enseño para hacer gracia... Tiene en dote tres cortijos y muy buenas colmenas de hormigas para hacer luto riguroso cuando se muere algún vecino. ¡Saluda, patosa, persignate ante los señores y no me des que sentir!

CORONADA  Zebedeo, me estás poniendo en vergüenza. Discúlpenlo sus señorías. No tiene letras y es muy rudo. Te has caído, hermano alcalde, si piensas que me tienes tan reducida. Con el mayor temblor de mi pecho esperaba esta ocasión y aquí está. Ésta es mi hora. Si salgo, es a pedir clemencia para el pueblo de Farolillo y justicia para tantísimos desmanes que se cometen en él.

ZEBEDEO  ¡Traidora, redicha, pies de lagarto! No te perdono este disgusto. No le hagan caso sus Potencias Universales que se debe haber vuelto loca por no casarse en su sazón. Es desazón lo que tiene. El vértigo de las solteras.

CORONADA  (Muy hipócrita y modestera). El corazón dolorido y bañado en Alacoques y Sulpicios de nuestra santa religión, eso tengo yo. Sí, señores. Pido clemencia para tanto desafuero animal como se comete aquí. A don Cerezo, nuestro párroco, le tienen apiñonado de miedo para que no acuse desde el púlpito y le contentan cada año con tres cuarterones de tabaco para San Blas, que no fuma. Un chantaje, como se dice en las novelas. Y entre tanto, cada toro que aquí se lidia trae varias muertes en sus cuernos. Si algún error hemos cometido, para la fiesta estamos sentenciados. A ser valientes nos condenan y aquí torea todo el mundo. Torean los niños en brazos de sus abuelas, que tanto los miman. Torea la banda de música, por gusto de ver saltar el bombo. Torean las viudas para vengar a sus maridos. La religión se tergiversa y ya no hay dignidad ni sentimientos favorables. Hemos dejado de ser chinos, como mandaba la urbanidad española y las antiguas costumbres que heredamos de Hernán Cortés. Todo se pierde y se va por un albollón.

ZEBEDEO  ¡Calla, mamancona! ¡Hay que detener a esta loca!

CORONADA  Digo que no hay dignidad y todo es escarnio y mala saña. Esto no es fiesta, sino un puro revolcadero. Ponen bragas a los toros para que mueran en ridículo y le entorchan el rabo con pez ardiente para que iluminen la fiesta por la otra punta. ¿Así bordas tú sobre la tradición, hermano?

ZEBEDEO  ¡Aquí, alguaciles! ¡Panzanegra, Tenazo, llevárosla, que nos vilipendia y nos pierde! ¡Mala tentación la de traerte!

 

(Entran Panzanegra y Tenazo, típicamente caninos y con la lengua afuera, se abalanzan sobre Coronada y la retienen, pero ella se zafa de un empellón).

 

CORONADA  ¡Soltadme y no me toquéis, sicarios! Un detente milagroso llevo en este escapulario que os va a fulminar a los dos si seguís amagando. (De nuevo se avanza y proclama). ¡Señores Alticolocados, césares augustos de la provincia!, el estandarte de mi razón levanto y en nombre de los derechos Tridimensionales y de la Carta Magna; en nombre de la Convención Puericultora de Ginebra y en nombre de la primera Constitución del Parto de los Montes en el Peristilo de Washington, pido con sello de urgencia que se intervenga en esta salvajina descomunada y antihumana. (Tremolando la palabra). ¡Que la paloma candil salga a iluminar el mundo de entre las enaguas del Papa y la Paz —que es tan paciente— se tome ya sus derechos y se pidan responsabilidades! (Alocándose cada vez más) ¡Gloria a Dios en las alturas y pies para qué os quiero a los enemigos de la Salud Pública!

ZEBEDEO  ¿Dónde aprendiste a echar discursos, mala rabadana? Esas ideas de exprés‑progreso te van a costar el pellejo. ¿No lo ves? Mira el ceño que te pone la Presidencia Alticolocada. Tú me has querido perder y te vas a llevar un chasco. Mira a los tres supremos mandaderos cómo se consultan entre ellos y se rascan la frente los unos a los otros. Ahora soy yo quien se dirige al Gobernador: Muy Señor mío y Besopiés, ¿qué hago con ella? ¿La degüello en el tajo de la cocina?

CORONADA  No te darán ese permiso las más finas autoridades. Son padres de familia con cuarto de baño y con el alma en su almario. Son hijos de sus mujeres y saben quién era Isabel, Agustina, María Pita y Antonia Mercé en su mesa petitoria. Yo también pido con guantes y sé cómo se dirige una a los altiplanos para que le echen una mano de caballeros.

ZEBEDEO  Una mano de palo duro es lo que te mereces y una buena condenación a sombra, como a Marauña.

CORONADA  ¡Ahí es otra, señores míos! ¿No saben quién es Marauña? Pues es un pobre muchacho, hijo de viuda muerta —lo que ya es el colmo de los rigores—, al cual tienen subsistente y de perpetuo en la cárcel por una falta mal sabida y que dan suelta por estas fechas, por haber dicho una vez que quería ser torero. ¿Y para qué lo libran? Para que quede muy mal y le dé gusto a la afición en sus ganas de fracaso y mala suerte. ¡El infeliz! Por lo menos que le manden a pelear a Mauritania con el ejército y allí muera bronceado y fuerte y no con ese color triste, de patata, que tiene de su cochiquera. Pero no. Cuando se acaba la fiesta, a la cárcel vuelve de nuevo. Por esto y por mucho más, pido justicia y que le quiten la vara a este desentrañado hermano alcalde, pues ya me lleva matados con su escopetón de truenos a tres novios en lo que llevamos de invierno. Ésa es su distracción. Y luego dice que no me caso...

ZEBEDEO  ¡Alevosa! Con el equipo te has caído. Si los Alticolocados no dicen nada, ya estás sentenciada. Quien calla otorga. (A los alguaciles). Encerradme ya a esa hembra en 1a casa que le puse de dote, con seis balcones pintados a la calle para que no se asomara. ¡No la vea yo más en mi vida!

 

(Panzanegra y Tenazo la toman a viva fuerza).

 

CORONADA  (Debatiéndose). ¡Esto es ir contra todos los derechos humanos y divinos! Pues no creas que allí me voy a estar ociosa. Todas mis quejas bordaré en una servilleta que haré llegar hasta la misma mantelería de San Pedro en Roma, en donde tanto se aprecia la labor de las españolas. Ya me mandarán un San Gabriel que te ponga las peras a cuarto. Soy mujer y tengo fe y me sé hacer muy bien el moño yo sola sin ayuda de nadie...

 

(Sale conducida por los alguaciles, al tiempo que se aparece Mairena, la gitanilla amarga).

 

MAIRENA  ¡Ya te la has ganado, Coronada, merluza fría, bibliotecaria! Ya no volverás a repartir desdenes sobre esta pobre gitanilla que, aunque ande suelta, es muy decente. ¡Viva el alcalde platero! Zebedeo, te estoy muy reconocida por tu asilo y por tu limosna. Bien sabes tú que los gitanos matamos a los mengues del aire y saneamos la atmósfera.

ZEBEDEO  (Presentándola). Ésta es Mairena, la gitana que se arrimó a este pueblo por no andar del todo perdida. Yo la tolero, aunque esté loca, porque es patriota.

MAIRENA  Y limpia, que no es poco decir. (Exhibicionista, dirigiéndose al difuso jurado). Miren esta faldellina blanca interior, sin un roto y lavada en agua de jara. Díganme si no soy de fiar. Soy lo que se dice una malva rosa, un buen natural, un voy y vengo con pasos dobles que le dan a este pueblo feísimo y chubasquero una alegría que nunca tuvo hasta que yo vine por aquí rodando, atraída por la fiesta de San Blas. Y no le hagan caso a la Coronada. Este alcalde es un padrazo de buen pecho. Honesto él, matador de jabalíes cuerpo a cuerpo y tan temeroso de Dios que ni lo nombra. Su hermana, ésa sí que es una mala montura. Han hecho muy bien sus majestades en ponerle el ceño de visera.

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