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Trampa para pájaros

Autor: José Luis Alonso de Santos
ISBN: 84-95683-23-7
Precio: 2,00 €
Peso del archivo: (Trampa.pdf) 290 Kb.

(1 mujer y 4 hombres. Se puede montar con 1 mujer y 2 hombres).
Ilustrada con fotografías de la representación.
Un policía formado para ejercer la violencia y la brutalidad se halla refugiado en el desván de la antigua casa familiar. Está cercado por sus propios compañeros. Un cambio de sistema político ha propiciado el que le quieran llevar ante los jueces por el ejercicio de la tortura sobre un detenido cuando en el régimen totalitario anterior se le premiaba por ello. Su hermano acude para ayudar a solucionar la situación.
Fragmento

Trampa para pájaros

Desván de una vieja casa en una ciudad de provincias. Fantasmales muebles amontonados como el tiempo en nuestro recuerdo: armarios, cómodas, mesas, percheros, sillones y espe­jos, que el polvo y las telas que los cubren han ido unificando en un blanco grisáceo. Un caballo de cartón sobre unos balancines, espera con nostalgia que regresen a montarlo aquellos niños que ahora ya son hombres. En un lateral, al lado de una máquina de coser, se agolpan unos maniquíes de madera, mutilados y rotos como un ejército derrotado. Caras extrañas y amarillas cuelgan de fotos enmarcadas que son como nichos en ese cementerio que es siempre un trastero. A la derecha, destacado por la luz irreal que desde un ventanuco lame su perfil, un piano. A la izquierda hay un camastro deshecho en un rincón abuhardillado. Sobre él, un ventanal en forma de ojo de buey. Al fondo, una mampara de cristal, y detrás una escalerilla que da a una salida al tejado. Hay botellas tiradas por el suelo, restos de comida y un montón de colillas en medio de un gran desorden. A la dere­cha hay una puerta que se abre al levantarse el telón y en ella se recortan las figuras de un hombre y una mujer, que miran buscando a alguien en la oscuridad.

 

ABEL  (Entrando). ¿Mauro? ¿Estás ahí? ¡Soy yo, Abel! ¿Puedo entrar? ¡Quiero hablar contigo...!

 

(La persona a la que habla, que está escondida en la oscuridad, no contesta. Abel mira a Mari, la mujer que sigue en la puerta. Luego se acerca a la pared y da una luz).

 

He venido en cuanto he podido... ¿Te encuentras bien? Estás ahí detrás, ¿verdad...?

 

(Avanza despacio hacia la mampara).

 

Cuando éramos niños siempre te escondías ahí y yo siempre te encontraba...

MAURO  (Escondido detrás de la mampara, entre los maniquíes). Eras el pequeño. Tenía que darte facilidades.

ABEL  ¿Por qué no sales de ahí y dejas que te vea?

MAURO  (Escondido). Ven tú a sacarme si te atreves, pero ten cui­dado. Ésta no dispara pistones como aquélla que teníamos cuan­do jugábamos aquí a policías y ladrones. Ésta tiene balas. Si aprieto el gatillo caerás al suelo como entonces, pero ya no podrás volverte a levantar. ¿Te acuerdas de lo bien que te hacías el muerto?

ABEL  (Mira a Mari. Luego habla a Mauro). ¿Y por qué ibas a que­rer matarme, si puede saberse? ¿Qué te he hecho yo?

MAURO  (Escondido). Estoy loco, ¿no te lo han dicho? Además, todo el mundo quiere matar a su hermano, y más si se llama Abel, como tú.

ABEL  Pero tú no te llamas Caín, así que no podrás disparar.

MAURO  (Escondido). ¿Quieres verlo? Lo he hecho otras veces.

ABEL  Sí, pero no así, a escondidas y a tu propio hermano. Y yo no tengo pistola como tú. ¿Serías capaz de disparar a alguien desarmado?

MAURO  (Escondido). Tú eres el bueno aquí, hermano, no yo. Yo soy el malo, como entonces. Por eso tengo que hacerlo.

ABEL  ¿Y tiene que ser desde ahí, escondido? Sal al menos a que te vea la cara, frente a frente. ¿O es que no te atreves? ¿Tanto miedo me tienes?

 

(Sale Mauro de detrás de la mampara y avanza lentamente hacia Abel. Lleva una pistola en la mano. Tiene unos cincuenta años, es grueso, calvo, va vestido con el pantalón de un pijama y una sucia camiseta, y tiene barba de varios días. Todo en él da la imagen de un hombre derrotado y enloquecido).

 

MAURO  A ti te gustaba hacer de bueno siempre, y a mí me toca­ba perder. Entrabas, me desarmabas y me entregabas, con esa cara de satisfacción que has tenido siempre al creerte más listo que yo, aun siendo el pequeño. Pero esta vez no dejaré que me quites el arma, forastero.

ABEL  Hola, Mauro.

 

(Se miran el uno al otro, mientras se escuchan fuera sirenas de coches de la policía. Abel es unos años menor que su hermano, va elegantemente vestido y es en todo su imagen contraria).

 

MAURO  ¡Así que ya estás aquí! Mi querido hermano, el artista en persona. Tan elegante como siempre, como si fueses a una fiesta: bien vestido, peinado... Perdona que esté todo tan des­arreglado. Si hubiera sabido que iba a tener el honor de tu visita, hubiera limpiado esto un poco. No todos los días tiene uno a alguien tan importante en su casa. (Acerca y limpia una silla).

ABEL  ¿Cómo has podido meterte en todo esto, Mauro?

MAURO  ¿Te han mandado ellos a convencerme, o ha sido ella la que te ha llamado?

 

(Señala a su mujer, Mari, que sigue en silencio en la puerta. Tiene unos cuarenta años, viste ropa no elegante pero con buen gusto, y es aún una mujer atractiva, aunque se refleja en su cara la situación por la que está pasando).

 

ABEL  He venido porque quería venir. Sabes que encerrarte aquí no va a solucionar nada. Más tarde o más temprano tendrás que salir.

MAURO  Me conozco de memoria todo eso. Lo he hecho ya otras veces. No me tienes que explicar lo que pasa. Sólo que entonces era yo de los de fuera, y ahora estoy dentro. Es muy parecido, pero unos saben que van a ganar, y otros a perder. Como cuando jugábamos tú y yo aquí, todo igual. Puede que de un momento a otro se oiga la voz de mamá llamándonos: «¡Abel, Mauro, la merienda!».

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