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Lope de Aguirre, traidor

Autor: José Sanchis Sinisterra
ISBN: 84-95683-04-0
Precio: 2,00 €
Peso del archivo: (Lope_de_Aguirre.pdf) 944 Kb.

(4 mujeres y 5 hombres).
La obra se basa en la expedición a la búsqueda de El Dorado, «el país donde todo es oro», que en 1559 se encomendó a Pedro de Ursúa y en la que se enroló Lope de Aguirre.
El autor expone: «Optando por una peculiar estructura dramatúrgica -nueve monólogos de otros tantos personajes, engarzados por una ambigua instancia coral-, me he visto obligado a respetar la pluralidad de puntos de vista que coinciden sobre Aguirre, pero también sobre el Poder que se le opone. Nueve personajes, nueve monólogos, nueve momentos de la aventura amazónica, nueve perspectivas, relativizados por su naturaleza subjetiva, que se entretejen y entrechocan para impedir cualquier veredicto dogmático y unilateral».
Fragmento

LOPE DE AGUIRRE,

PEDRARIAS  Fue Lope de Aguirre vizcaíno y, según él decía, hidalgo y natural de Oñate, pero, juzgándolo por sus obras, fue tan cruel y perverso que...

ANA  ¿Será Lope de Aguirre, como él dice, la ira de Dios?

ELVIRA  A llevar la justicia a los pobres y esclavos, y a los viejos soldados como él, gastados por las guerras y maltratados por el Rey y sus ministros...

ANTON  ¿En qué parará quien no se avenga con la felicidad que le ofrecemos?

INÉS  Es aquel vizcaíno pequeño de cuerpo y de ruin talle de cuyos voceríos te burlabas...

PEDRO  Para llegar al umbral de esta aventura, de este sueño, de este río...

FERNANDO  Que ya no habrá más bandos, ni disensiones, ni muertes...

MARAÑON  En parte por ser yo, no te lo niego, amigo de esperar a ver qué pasa, de no precipitarme, de no bañarme hasta saber hacia qué lado corre el agua...

  Levantando gente y aprestando las cosas necesarias para la jornada...

PEDRO  Quince años de sueños aplazados, de trabajos y fatigas mezquinas...

  ¡Pedro de Ursúa gobernador de Eldorado y Omagua, Dios te perdone!

 

(Silencio).

 

 

PRIMER MONÓLOGO

Reniegos de la Juana Torralva,

privada del derecho a la palabra

 

Bueno está, bueno está: si quieren que me calle, me callaré. Punto en boca, ni más media palabra. La Juana Torralva se ha quedado muda. Muda, pero manca no, claro es, ni tampoco coja, claro es: los brazos y las piernas que no paren, que trabajo no falta. Toda la casa encima de la Juana Torralva, pero muda. A deslomarse de sol a sol, pero muda. Ella no es quién para en­mendar al amo, ni para revolverle los humos a la niña. A los pucheros sí, y a los manteles y vestidos todo lo que guste. Tam­bién a las gallinas puede hablarles, si es su gusto, pero con las personas, punto en boca.

¿Quién le pide opinión a una sirvienta? Que no otra cosa soy, pese a quien pese, por más que me titulen dama de compañía. Ya ves qué compañía y qué dama y qué encajes de Ho­landa. Menos que yo trasiegan las indias de la casa que, en cuan­to se avecina algún trabajo duro, ¡zas!, a la plaza volando a bus­car agua. Y quédate esperándolas, que te dan las diez y las on­ce y las doce, y el amo que requiere el almuerzo, y la niña que pide sus enaguas limpias, y la Juana Torralva hecha negra de granjería, con los lomos tronzados por atender a todo. Pero lue­go: chitón, cierra la boca, nadie te ha dado vela en este entierro.

Y nunca mejor dicho, pese al cielo, que entierro ha de vol­verse esta locura. ¿Son años todos los que tiene encima ese hombre, que rondan los cincuenta, para extraviar los huesos por ese río del fin del mundo y para andar peleando con infinitos indios paganos? ¿Es ése modo de entrar como Dios manda en la vejez? Pero ve y díselo, Juana Torralva, dile sensatamente lo que le importa y te oirás decir: «A callar y a tus cosas, metementodo, que yo se muy bien lo que conviene a mí  y a los míos». Pues muy bien, si señor, vuestra merced lo manda y es el amo, y la Juana Torralva cierra el pico y no vuelve a decir esta boca es mía.

Callada como una muerta, si señor, aunque me salten en la boca mil razones que le digan cómo es locura ir a perderse él en tal empresa, pero muy más locura es arrastrar consigo a esa hija suya, a mi niña Elvira que, aunque mestiza, tiene más alma dentro con sus quince años que todos los Aguirres de Araoz de Oñate con sus siglos a cuestas. Pero, vamos a ver, viejo empecinado: ¿no sería obra de cordura dejarla aquí en el Cuzco, bien celada en un convento, ya que ni amigos ni parientes tienes a quien confiársela? Yo aceptaría gustosa su cuidado, siem­pre que no me hicieran abrazar la clausura, que aunque ya no soy moza, Dios lo sabe, aún no me pide el cuerpo ser amojamado. ¿Y tú mismo, testarrón vizcaíno, no estuvieras mejor zur­ciendo las heridas y lavando los pecados de tus pasados albo­rotos en esta villa que al fin parece calma?

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