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La máquina de abrazar

Autor: José Sanchis Sinisterra
ISBN: 978-84-95683-73-1
Precio: 2,00 €
Peso del archivo: (LaMaquinaDeAbrazarES.pdf) 729 Kb.

(2 personajes femeninos.)
Ilustrado en color y blanco y negro.
Inspirada en una autista que inventó y construyó una máquina de abrazar para compensar su incapacidad afectiva. Obra abierta entre cuyas lecturas se puede incluir una metáfora de las relaciones personales, sociales y con la naturaleza.
Fragmento

La máquina de abrazar

MIRIAM Bueno, Iris: es tu turno. Yo ya he dicho todo lo que tenía que decir. Me quedaré aquí, contigo, por si necesitas pedirme alguna precisión, pero... como si no estuviera.

(Silencio. IRIS observa la planta).

Puedo irme también, si quieres. No es la primera vez que hablas en público. (Pausa). Di: ¿qué prefieres? ¿Me quedo... o te dejo sola?

(IRIS no la escucha. Parece, en cambio, estar susurrando algo a la planta. Ligera inquietud de MIRIAM. Por último, IRIS asiente e interpela al público).

IRIS Esa paciencia de los vegetales... (Pausa). Ellos la eligieron, sí. Y la quietud. Hace millones de años. Tanto sol, tanta luz, ¿verdad? Y la tierra ahí, que sustentaba. Que sustentaba. ¿Para qué más? (Pausa). Los otros, en cambio: moverse, buscar, perseguir, atacar, devorar... Cazadores y presas. Día y noche. Durante millones de años. Los otros. Nosotros. Cazadores y presas. (Pausa). Elegimos el ansia. Yo estaba allí, lo sé. Agazapada. Entre las fauces, entre las garras. Inmóvil. (Se vuelve a mirar a MIRIAM, que otea preocupada la sala. Sigue hablando al público, pero ahora con la fluidez y el «estilo» de Miriam). La inmovilidad no figura entre los síntomas que caracterizan la conducta del niño autista, y que la doctora Uta Fritz enumeró en su libro Autism: Explaining the Enigma, de 1989. A saber: forma de andar extraña, pobre control de la voz, rostro aparentemente inexpresivo, movimientos de aleteo con las manos, acciones repetitivas, falta de espontaneidad, perseverancia temática y deficiencia social, entre otros... (Pausa). Es posible que la pequeña Iris de Silva mostrara algunos de estos rasgos típicos. O quizás todos. Pero puede afirmarse, sin lugar a dudas, que era la inmovilidad el más evidente... y el más persistente. Horas y horas permanecía sin apenas moverse, bajo la mirada angustiada de su madre, que se afanaba en vano para rescatar la atención de la niña, secuestrada en quién sabe qué gruta inaccesible. (Mira sonriente a MIRIAM, que la observa asombrada. Vuelve a hablar al público). Ni ella ni nadie podía sospechar que la atención de Iris descansaba en un soporte mucho más próximo y familiar: la begonia de flores rosadas que respiraba, serena y casi feliz, junto a la ventana...

 

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